La angustia se apoderaba de mí. ¿Qué era eso? Conseguí fijar la mirada al fondo del túnel y por donde corrían los últimos gremlins, y vi, para mi desconsuelo, como agonizaban en el suelo mientras su piel desaparecía y eran desmembrados como por arte de magia. Eché a correr tan rápido como pude, mi ojo derecho parpadeaba de manera incesante y eso sólo podía significar una cosa: estaba al límite. La asfixia me apretaba el pecho, de mi mente no desaparecía la dantesca visión de miembros repartidos por el suelo, azul brillante, ensangrentados. Mis piernas no podían correr más rápido, tenía la sensación de que todo junto me haría tropezar. Aún tenía enganchado a mi pequeño compañero de viaje en la pierna. Corría hacia un pasillo que parecía no tener fin, esperando ver algo para poder escapar de ahí. Mi ansiedad era tanta que, por un momento, un destello verde me deslumbró, agité la cabeza y seguí corriendo, no sabía que era eso pero lo de atrás era peor. Algo tenía claro, si tenía que morir sería luchando.
Tras años de letargo, Jantrun despierta enfurecido, algo había perturbado su paz y era mejor no haberlo hecho. Resignado porque sus camaradas le habían desterrado a un lugar inhóspito, sus poderes eran su única baza para sobrevivir en una especie de laberinto gigantesco de seres extraños y sombríos. Y, aunque él era de los más temidos por su sorpresiva aniquilación, su estancia le resultaba incómoda. Tras varios encontronazos, en los túneles azules encontró cierta tranquilidad, en parte gracias a su invisibilidad y a su tregua no pactada, con su habitante natural, un ser brillante y viscoso. En su cárcel particular no hace más que pensar en que los Moqs, los sabios de su planeta, no estaban dispuestos a perdonarle. Los descendientes de los no fieles eran aniquilados sin piedad. Cuando descubrieron que Jantrun había escondido a su hijo, se lo arrancaron de las manos causándole al pequeño graves heridas y a él le confinaron en una lúgubre mazmorra. De tanto en cuando le hacían una pequeña visita para recordarle que había desobedecido a los Moqs y que, por tanto, merecía la muerte. Las visitas constaban básicamente en deslumbrarle, pues la oscuridad de la mazmorra era permanente y la luz le quemaba los ojos. Además de distintas torturas, a cual peor. Todo esto teniendo que dar las gracias, cada vez, por mantenerle en vida. Lo que más le dolía es que no sabía que había sido de su pequeño ni si también estaba sometido a las mismas torturas que él o simplemente lo habían matado. Su ira aumentaba a la vez que su ceguera y cada vez sus reacciones eran más violentas. Jantrun había sido uno de los legendarios luchadores de los Moqs, había enseñado a la mayoría de los que venían a torturarle, su sombra era larga en su planeta, por eso le mantenían vivo. Conocía los fallos de sus enemigos por lo que muchas veces le rompía la estrategia de tortura, cada vez se les hacía más difícil doblegarlo. Los Moqs decidieron desterrarlo, una decisión insólita pues no dejaban que saliera ni entrara nada que no tuvieran controlado, pero al sitio al que lo desterraban tendría pocas posibilidades de sobrevivir. Y ahora, cientos de seres peludos habían caído sobre él y, aunque, no parecían una amenaza, últimamente su máxima era que un buen ataque es la mejor defensa.