Hoy caminaba pensando en todo ese rollo que nos llevamos por las fiestas navideñas y, la verdad, creo que no vale la pena. Me explico. Son unas fiestas que, tradicionalmente, son familiares y, aunque sabemos en nuestro interior que lo que nos apetece es irnos con los amigos, ponemos la mejor sonrisa y nos vamos a cenar con la familia. A ver de nuevo a ese primo con el que no nos hablamos porque nunca se ha dignado a llamarnos por teléfono y ahora nos abraza como si nos trataramos a diario. O a la prima tercera por parte de tía del pueblo de tu madre y que jamás habías visto. Total, que la cena se convierte en una exposición de sonrisas entremezcladas con movimientos de carrillo y en pensamientos tipo: “Espero que no me pregunten por el trabajo” o “Menos mal que este año no se ha presentado borracho”. Al cabo del rato miras el reloj, discretamente, para ver si poniendo una excusa barata te puedes ir a casas a ver la tele que seguro que lo pasas mejor. Y cuando al fin decides coger el abrigo y salir por la puerta no puedes resistirte a suspirar a partes iguales de alivio y decepción y pensar en voz alta: Ya está, se acabó.
En fin, lo que os quería decir es que para eso, yo me quedo en mi casa.




