Hoy escribo para salvar una idea, acaso algo tan valioso como poco valorado.
Comenzaré por lo menos hiriente; disfruté mucho de ver “Avatar”. Desde luego, es una película para ver en el cine, con más razón si contamos con el factor 3D. Y es que el cine ha dado otro paso en cuanto a tecnología visual se refiere, al igual que ya lo hiciera “La guerra de las galaxias” en el 75. Que si el sonido envolvente, que si la imagen envolvente — ¡caray, solo falta que las palomitas te envuelvan! —, hacen de ir al cine una experiencia un poquito más diferente y, en este sentido, me pareció espectacular, entretenida, vamos que disfruté como un enano. La banda sonora, a manos de James Horner habla por sí sola y se convierte en un personaje más; sonidos fantásticos cuando se internan en el bosque, movimientos vertiginosos en las escenas de vuelo y cambios de registro que se produce en las escenas de batalla; cuando aparecen las tropas americanas se escucha una música más militar y cuando vemos a los nativos suenan rasgos tribales, en plan “Apocaypto” (también con banda sonora de Horner). Hasta aquí bien, una entrada bien pagada, una historia de indios y vaqueros (no esperaba un gran guión, pero con eso ya contaba) tres horas de buena imagen, y un entretenimiento que me recordaron a la primera vez que vi “La historia interminable”.
Ahora toca poner los puntos sobre las íes, con respecto a la violación de la propiedad intelectual, y al vacío legal que existe. Resulta que uno puede coger una historia, una novedosa, original, cambiar los nombres de los personajes y mezclarla con otras películas, sin hacer una triste mención al autor de esa idea, y salir ileso, además de multimillonario.
Poul Anderson escribió en 1957 un relato “Llámame Joe” dónde narra como un tipo en silla de ruedas maneja, por conexión cerebral telepática, un pseudoindividuo creado artificialmente por los humanos y enviado a Júpiter. Quien quiera ver más similitudes con la película de James Cameron, os aseguro que es entretenido contar cuantas, le animo a que lea el relato.
Y es que esta película es un gran juego interactivo en el que tienes que encontrar analogías. Otra, por ejemplo: en “La voz de los muertos” Orson S. Card, nos muestra un mundo extraterrestre donde los alienígenas depositan su sabiduría en los árboles, y a través de ellos tienen una conexión energética-espiritual con sus ancestros. Coincidencias, a veces existen; no esta vez, no cuando es tan evidente.
Ya no hablaré de “Bailando con lobos”, la propia “Apocalypto”, “10.000”, o un sinfín de películas que se distinguen en “Avatar”, porque entiendo que casi todo esta inventado, que la fórmula funciona, se repite y adoleciendo de ideas propias se sirve uno de los tópicos propios de las historias comerciales. El público lo asume y santas pascuas. Pero cuando se cruza la delgada línea de las temáticas universales, que forman parte de todos, y se va a parar a un agenciarse de la idea personal e individual, aquí ya existe un atentado contra la creatividad. Sino se te ocurren ideas —no pasa nada, no todo el mundo es creativo—, haz uso de los patrones que funcionan, no es deshonroso de ninguna manera, y no es eso por lo que protesto. Pero si no puedes ser genuino no te limites a robar una idea de otro, por muy muerto que esté o mucho tiempo que haya pasado, porque eso si que es una deshonra. Como decía un profesor mío: “hay que ser pobres pero honrados”.
¿Qué puedo decir salvo que me indigna una cosa así, ver arrebatado un pensamiento, una idea?
A mi juicio, cuando existe un homenaje, es cuando realmente el que homenajea hace ver al público que lo ha hecho (bastan unas palabras tipo: “basado en una idea de” o “agradecimiento a X por su idea”). De cualquier otra manera se convierte, claramente, en un descarado plagio. No me sirve eso de “yo lo copio, y a quien se de cuenta le diré que es homenaje”.
Ya he visto capítulos de “Camera café” sacados, hasta el más ínfimo detalle, de gags de los Monty Python. Ya he visto escenas de “Kill Bill” íntegramente copiadas del cómic “Lady Snowblood”. Ya he visto al “Alien” de Ridley Scott sacado de otro relato de ciencia ficción “El destructor negro” de Van Vogt. Y he visto “Avatar”, otra película que aunque pueda disfrutarse, yo lo hice, hace gala de esa moda por robar las ideas de los otros y darse méritos propios. He visto algunos plagios, pero más me asustan los que no he visto. Los que pululan por ahí sutiles y desconocidos por mí, y que puedan “colarme” sin que apenas me de cuenta.
Ahora me da miedo ir al cine.




