De repente el reloj se paró. Había calma total, cosa que me extrañó. Miré al Gremlin que estaba tan perplejo como yo. Decidí caminar, en la oscuridad. Me acordé de las cerillas que llevaba en el bolsillo. Costa encenderlas. ¡Vaya, si es que no tendría que comprar cosas en los chinos! Encendí una y ante mí había un ser alto, de dos metros o más, con cuatro ojos, uno al lado de cada lado de la cabeza. No tenía pelo, y su piel era untuosa, llevaba unos harapos, sucios y malolientes. En lo que parecía la parte delantera tenia un agujero llenos de dientes afilados como los de un tiburón. Respiraba de forma alterada como si hubiera venido corriendo. Me quedé tan perplejo que me quemé con la cerilla. ¡Dios mío! ¡Necesito luz! Rápido, rápido. No me podría esconder de algo que ve en todos los ángulos. El aire se hizo muy espeso. A mi lado estaba, oliéndome…




