Parecía que el corazón se me iba a parar de un momento a otro y algo raro sucedió en el ambiente que me transportó a una sensación de completa tranquilidad, eso a lo que llamamos “como estar en casa”. Aunque yo, ya ni me acuerde de la mía. Frente a mí había una especie de gelatina gigante verde, desprendía un calor agradable y su aspecto era suave. Estaba en silencio, cosa que agradecía, me giré y ya no vi a ninguno de los gremlins que me acompañaban, ni si quiera a mi fiel amigo. Estaba tan a gusto que a penas me dolió, pensé que estaría bien, es el más listo de todos. No pude evitar alargar mi mano hacía aquello tan hermoso, lo toqué, “jmmm” sonó. Me asustó y quité la mano, “No pares, si vas más hacia abajo te lo agradeceré” ¿Quién había dicho aquello? Me volví a girar, ¡no había nadie! ¿Quién había dicho aquello? “No te asustes, soy yo, Grinbland” Aquello se giró en si mismo y unas cosas rojas brillantes se me acercaban como si quisieran verme bien.
En la tierra de Grinbland se vivía de forma correcta e intachable. Todo son normas, deberes y leyes. Todos se tienen que esforzar para que Granbland, la más anciana del lugar, estuviera muy bien atendida. De ella dependía el aire que respiraban, con un solo soplido suyo acababa con la polución que generaban los habitantes de manera involuntaria. Grinbland era su tercera generación y como primogénita de la primogénita algún día a ella le correspondería ése lugar. Pero calculando que viven unos 900 años y que ella sólo tiene 20, todavía le queda mucho por ver antes de asumir ésa extraña y pesada responsabilidad. A pesar de que salir de su tierra supone romper los primeros principios de las normas establecidas, piensa que su estatus privilegiado le va a permitir ciertas licencias. Su abuela esta profundamente decepcionada con ella. Nunca antes, jamás, nadie se había propuesto salir de la tierra buscando algo mejor ¿cómo sabe que hay algo mejor? ¿A caso la tierra no es la mejor que hay? ¿No somos seres tan perfectos que no necesitamos nada de los demás, nos autoalimentamos, no tenemos enfermedades y no somos parte de la misma meta? Entonces, ¿qué pretendes buscar fuera de aquí? Para Grinbland su abuela es de miras cortas. Fuera puede haber un mundo maravilloso, no cree en la exclusividad de su existencia y cree que puede haber un lugar que no dependan de su abuela para respirar aire puro. La indignación fue tanta que se resignaron a que se fuera pero no podía volver y, si lo hacía, lo haría como una de las menos favorecidas por la gracia. Con lo que eso conlleva, era más o menos a condenarla a cadena perpetua. Le daba igual, la libertad no tiene precio y desde que encontró aquel artefacto en el descampado más convencida de que había vida más allá. Ella le había puesto hasta nombre “Piririrú” sonaba así de vez en cuando y en una pantallita minúscula ponía una serie de dibujos ,que seguramente significaban algo pero ella no lograba descifrar, se leía algo así “Buzón lleno”. Grinbland sabía que eso era una especie de mensaje de ayuda y ella no podía quedarse quieta. Se marchó con el enfado y tristeza de su abuela y odiada por todos los demás. “Volveré, con una solución para todos” soltó como si hubieran creído en ella alguna vez. Se marchó sin mirar atrás, sabía que si lo hacía no le gustaría lo que vería. Caminó y caminó. Estaba agotada y el suelo cada vez se volvía más inseguro, más blando allí no estaba segura. Al cabo del rato vio un especie de piedra en la que descansaría se sentó y Fuuuuuuuú se hundió en un momento. Aterrizó en algo firme, seco y azul brillante.